Relato: La flor de la vida

No podía decirse que su vida sentimental hubiese sido la que cualquiera desearía para sí; ni sus amistades las más leales.
Llevaba una vida normal, no derrochaba en lujos innecesarios, pero si había algo en lo que nunca recortaba, y si tenía la oportunidad lo hacía, era viajar. Siempre soñó con visitar el norte de África, las dunas arenosas de El Cairo, las pirámides que arañaban el cielo ante el sol, y los zocos tunecinos; perderse por las callejuelas de los barrios con aroma a jazmín, curri y calor espeso. Amaba desde pequeña el ambiente que se respiraba en aquellos países, su cultura, su rica historia, y la sencillez con que allí vive la gente, ajena al resto del mundo, como si los años no pasasen... como si los relojes no tuviesen utilidad entre sus muros de adobe.
Haciendo cuentas, en siete años podría hacer su sueño realidad. Se lo había propuesto como regalo, como celebración de fin de carrera, a los veinticuatro años.

No hacía demasiado tiempo, poco más de un año, que conoció a quien ella creía la mujer de su vida: Silene. Su presencia, sinónimo de vitalidad, de esperanza, de razonamiento, juventud y vitalidad, de amabilidad, de cariño, dulzura... y la grandeza de la pasión inocente que esconden sus ojos.
Soñaba poder contemplarla por la mañana al despertar, y cada noche antes de dormir. Un suspiro recorría su alma cada vez que imaginaba que aquello, algún día, podría convertirse en ilusión palpable; las fuerzas con que lo deseaba, inefables.

Cada semana, y desde el día en que sus vidas se cruzaron, se encargaba de que un mensajero llamase a la puerta de su predilecta detrás de un ramo de silenes; en honor a su nombre. No había fallado en su detalle nunca, y era respondida con una verónica.

A pesar de vivir separadas por una distancia, no abisal, pero imposible de recorrer en aquel entonces, procuró mantener, por encima de todo, el contacto con Silene. Al alcanzar su destino la verónica, y siempre a los dos días de la entrega del ramo, hablaban por teléfono durante toda una tarde; siempre siendo la responsable de la flor quien llamaba.

Una tarde de lunes, esperaba ansiosa el timbre del teléfono; las piernas flexionadas sobre el pecho, los pies en el sillón, y la verónica entre los dedos, como cada ciento sesenta y ocho horas, como cada lunes, durante veinte meses. Pero el teléfono no sonó, nadie llamó.
Sus ojos permanecieron clavados en la flor que no había sido colocada en el mismo jarrón que todas las verónicas anteriores, ya marchitas; se negaba a tirarlas, porque representaban los punto y seguido de lo que ambas habían escrito en catorce mil cuatrocientas horas. Pasadas varias horas tras anochecer, todavía se negaba a creerse que Silene fallase a su palabra, a su cita semanal.
Aquella noche no durmió nada. Su cuerpo le impedía alejarse del teléfono; aún albergaba esperanza en cada latido que destinaba a no dejar caer la última flor.

Tuvieron que pasar tres meses después de aquella noche para que dejase de enviar cada siete días su ramo habitual. Acababa de levantarse, eran las siete de la mañana. Se dirigía a la cocina, y al pasar por delante de la puerta del salón, detuvo la mirada en los restos vegetales de las veinte veronicas muertas. ¿Por qué no me habré deshecho de ellas ya? se preguntó para sí. No tiene sentido; replicó en voz alta cuando se encaminaba a la cocina buscando una bolsa donde meter el montón de recuerdos marronáceos, ocres, y secos.
Desplegó el plástico y lo dejó caer, planeando hasta tocar el suelo. Luego se arrodilló al lado. Se quedó unos segundos inmóvil, mirando atónita aquel espectáculo. Medio minuto después estaba llorando tirada en el suelo. ¿Por qué? se preguntaba una y otra vez mientras sostenía la última verónica que llegó a sus manos. ¿Por qué? Un profundo dolor la ahogaba en el pecho.

A las nueve y treinta y cinco minutos, aún tumbada en la plaqueta desnuda, con los ojos arañando la ventana, oyó cómo alguien entraba en el portal; a los pocos segundos estaba llamando a su puerta. No tenía ninguna intención de levantarse, mucho menos de ir a abrir. Al seguir insistiendo ella preguntó quién era. Encargos florales ¿Me puede abrir? Ladeó rápidamente la cabeza hacia la bolsa donde pretendía meter las azucenas, miró nuevamente al techo, cerró los ojos, y rompió a llorar.

-DT-

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