¿Convendría acercarme, seguirla el juego… arriesgarme? Sin
estar segura del camino a tomar abrí una de las hojas del ventanal,
recogiéndome el camisón; las piernas desnudas. Asegurando mi melena bajo el
broche que descansaba sobre el tocador. Sentada en el alféizar alzo los pies,
sobrepasando a éste; las rodillas juntas, apuntando a la luna, manteniendo el
equilibrio. La brisa mece en su nana sibilina mis rizos, rendidos ante ella. Me
acaricia la cara mientras intenta proclamarse latente una sonrisa; su picardía
delata el placer de sentirte libre, tras la conciencia de todos los que
dormitaban en las habitaciones contiguas.
Con el cuerpo aún en reposo contra el muro, mi mente volaba
detrás de su tenue llamada. La luna observando cada movimiento ejecutado, cada
pestañeo que daba registrado en su única cara conocida, la fiel confesora.
Mencionó el peligro; la brisa intensificó su silbido, y con
él su fuerza. Desperté al segundo, percatándome de que me encontraba ya al
borde de la cornisa, habiendo pasado por delante de los dormitorios adyacentes
al mío, somnolientos.
Ella comenzó a mostrar su cara más bella en su totalidad.
Aumentaba cada segundo, resultaba medio quilate en el caso de tratarse, no solo
de aparentarlo, de un diamante cuyas dimensiones conmemoran la locura. Su
brillo deslumbró mi cordura. Quise optar por tocarla, pero aún era pronto… -”Sé
paciente hasta alcanzar la luna llena”. Repetía en forma de susurro, provocando
mi convencimiento a resistirme a saltar y tocarla.
Apenas unos
segundos fueron suficientes para que el disco de completase. Su belleza comenzó
a convertirse en mi perdición.
Cerré los
ojos, pude sentir la brisa gélida haciendo ondular mis ropas. Separé los
labios, quería notar su sabor en mi paladar, que inundó cada rincón de mí; anhelaba
su dulce poder de libertad actuando en mi ser. Alcé los brazos disponiendo la
palma de las manos hacia arriba, ofreciéndoselas, extendidas a la noche. Como
cada luna llena, esperé a experimentar la tormenta de emociones en el estómago,
tan característica… Y aún con los ojos cerrados y la boca entornada, desplegué
las alas; los ojos brillantes cuan ámbar.
Balanceada
por un aire ahora más acusado, descubrí los colmillos, marfil como la luna, a
la noche…
-DT-
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