La habitación
estaba en la quinta planta. No era muy grande, pero cabían holgadamente las dos
camas, las mesas auxiliares a los pies de éstas, los sillones de los acompañantes
y los armarios lila claro donde apenas podías meter las zapatillas (siempre
verticalmente; apenas disponían de un palmo de fondo).
Mi cama estaba en el lado de la ventana, que daba a un patio con suelo de piedras blancas, del que tan solo se alcanzaba a ver las consultas del ala de pediatría, y los pasillos que te llevan de la sala de espera y los ascensores hasta el pabellón de habitaciones de ingreso.
Consejo para
aquellos que nunca hayan estado hospitalizados: si una enfermera de advierte
que las ventanas no se abren porque la trampilla superior es rebelde (lo cual
no entendí al principio), hazla caso. De lo contrario, además de no quedarte
otra que ingerir una sopa que parece el agua del fregadero, tendrás que hacerlo
llevándote la cuchara con una mano en la que sólo puedes utilizar tres de sus
dedos; el resto te los habrán vendado tras aplastártelos con la ventana (y fueron los momentos de
antes en los que entendí qué quiso decir con “rebelde”).
-DT-
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