Primer premio del concurso literario; Bachillerato (curso 2012/2013).
- Buenos días, cariño. – El primer trago
al café le abrasó el labio superior.
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Caen un par de gotas en la encimera y
una en el suelo; restriega esta última con la zapatilla azul, cuya puntera deja
al descubierto su dedo pulgar derecho. Como cada uno de enero, el conocido
dicho “Año nuevo, vida nueva” volvía a no cumplir con sus expectativas, cosa
que a Miguel se le antojaba jocoso el primer día del nuevo año; sabía de por sí
que era una tontería, pero el descubrirlo le entusiasmaba, aunque lo negase
concienzudamente.
- ¿Qué tal has dormido? Anoche los
vecinos parecían no tener ganas de finalizar la fiesta. – Las ojeras de Carlota
evitaron que su pregunta fuese devuelta, y fueron diana de una pequeña sátira cariñosa
que le dedicó Miguel, comparándolas con las de Thor, el bulldog que les cortaba
la circulación de las extremidades inferiores cuando cada mañana amanecía sobre
los pies de los dos, y roncando más que su propio dueño.
-Mira por dónde, te concedo el invernal
honor de que hoy le saques tú. Coge el paraguas, hace una mañana tan aguda como
tu humor. – le dice con una mirada burlona por encima de la taza de café, con
las cejas arqueadas.
Carlota empezó a recoger el desayuno
mientras el pesado chucho, que pareció haber entendido sus palabras, aparecía,
con su característica sonrisa por la puerta de la cocina, al tiempo que Miguel
se enfundaba en sus deportivas negras y el anorak de plumas verde pistacho; ni
siquiera se quitó el pijama. Hoy Thor tendría que conformarse con un paseo más corto de lo
normal.
El matrimonio llevaba comprobando, durante
veinticinco navidades consecutivas, el nefasto poder que enero ejercía sobre
sus costumbres. Ninguno de los dos iba a cumplir ya los cuarenta y cinco años.
Hace veinte decidieron someterse a
un tratamiento de reproducción
artificial “in vitro”, gracias al
cual concibieron a su primer y único hijo. Para Miguel, pese a que llevaba trabajando
en el ala de pediatría del hospital de la ciudad desde sus veintiséis
cumpleaños, los niños nunca fueron su fuerte, a contraposición de Carlota, para
quien siempre han supuesto su principal punto débil. No obstante, y tras
recorrer el camino que tan difícil se les planteó en un principio, cuando sostuvieron
en brazos al fruto de sus ilusiones, se convencieron de que las trabas anteriores
a su nacimiento estaban burladas. Su pequeño era un luchador; su pequeño Eneas,
dios griego de la guerra.
En abril la casa volvió a inundarse del
silencio helado que deja todo hijo cuando se independiza de sus padres. Prometió
visitarles todos los fines de semana que le permitiesen sus estudios y el
trabajo, y fue en una de estas escapadas en la que se presentó con una gran
caja, muy pesada, cuyos ladridos dejaron bien claro, tanto a Miguel como a
Carlota, que el silencio entre conversaciones se había acabado… caminaba a
cuatro patas, babeaba y les haría pasar frío las mañana de invierno; lo dicho:
la distracción que unos padres necesitan cuando su hijo “abandona el nido” ¿La
solución? Volver a llenarlo.
Como a todo, no es fácil acostumbrarnos
a los cambios, y más si éstos conllevan, en parte, la pérdida de una pieza
importante que conforma nuestra vida. Superados los primeros meses, solo queda
esperar a que el primer año llegue a su fin, y tras éste, los siguientes que le
acontecen. Y así hasta cinco.
-¿Sí? Hola hijo.
-Mamá, al final vamos este sábado
¿Necesitas que llevemos algo? Había…
- No, no. Nos encargamos nosotros ¿De
quién es el cumpleaños, eh? Tú déjamelo a mí.
-Hmm… está bien. Pero no quiero que te
molestes más de lo que precisa. Solo es un cumpleaños, y nos vemos todas las
semanas, de verdad…
-Que no te preocupes. Sólo tengo que
enseñar a Thor a sujetar bien la trompeta, ya verás… –Carlota le toma el pelo
con intención de que olvide el asunto y no le dé más vueltas. No quiere que le
preste atención a algo tan simple, además, era su madre, ¿acaso no tenía
derecho a disfrutar de su hijo?
-Tú y tu sentido del humor… En fin mamá,
nos vemos el fin de semana. Cuidaos, adiós. –Cuelga el teléfono. Por muchos
años que pasasen, Heneas era incapaz de zanjar una conversación con su madre
sin colgar con una sonrisa risueña de oreja a oreja; aún les añoraba, por
cinco, diez o treinta años que hiciese que se fue de casa.
En seguida, Miguel recibió una llamada
que le hizo cambiar de dirección en lo que iba a ser el fin de su paseo con
Thor. Ya estaba acostumbrado a que un aviso de última hora le mandase a hacer
el recado que, o bien acababa de surgir, o le era repetido por enésima vez esa
semana: últimamente estaba más olvidadizo de lo normal, pero dadas las fechas,
fue la primavera quien cargó la responsabilidad del error.
Por el momento, y mientras “el cuerpo se
adaptaba al cambio”, no le quedaba otra que ir a encargar la tarta para su
hijo, como cada año. El encargo caía sobre su persona desde hacía ya un par de
días atrás.
Iba de camino a la pastelería donde
solía hacer los demás encargos para diversos eventos familiares, cuando, en
lugar de informar al panadero del pedido, Miguel se mostró como si apenas fuese
consciente de qué había ido a hacer allí:
-Buenos días Miguel, ¡pensaba que este
año tu hijo no cumplía años! –Bromeó Julián, quien le extrañó que no se hubiese
pasado por el local o su mujer o él para determinar el trabajo que cada año
dejaban en sus manos. -¿Qué tal estáis? Ayer por la tarde vi pasar a tu mujer
con el perro, pero se me quemaban las madalenas y no la pude saludar. –Miguel
se limitó a mirarle ligeramente, y apenas salió de su boca un escueto Hola. Recorría el local con la mirada,
como si hubiesen modificado la colocación de los estantes y no terminara de
percatarse de ello. –Miguelito, ¿te encuentras bien? Ten cuidado, que tu
sabueso olisquea… - No terminó la frase, Miguel inquirió antes, incoherente.
-¿Qué vengo a hacer? Se me ha olvidado
por completo qué tenía que comprar; adiós. – Julián, muy extrañado por aquello,
procuró no darle mucha importancia. –Se habrá levantado con el pie izquierdo
este hombre. Pss… estra primavera… nos trae a todos finos, ¿verdad Santi? Dime,
¿qué te pongo? -Prosiguió atendiendo al resto de la clientela, y el episodio
pasó desapercibido en su mente hasta finalizar la jornada.
Miguel callejeó, cruzó el parque de
delante de su bloque y llegó a casa como cualquier otro día: las llaves en el
recibidor, suelta la correa a Thor, se descalza en la alfombra desgastada y
deja el abrigo, con los zapatos en la mano, sobre el respaldo de la silla del
salón, la habitación contigua a la entrada. Desde que salió de la panadería
intenta no pensar en lo ocurrido dentro de la misma, pero no puede escondérselo
a Carlota.
-Heneas me llamó tarde; no te pude
avisar, bueno… de nuevo, para lo de la tarta. –Busca sus ojos, que la esquivan,
mirando el suelo, perdidos. –Oye, ¿te ocurre algo? Si lo sé otro día voy yo,
pero desde que te que lo llevo diciendo… Miguel, ¿estás bien?
-Eh… sí, sí. Es que… No, nada, no pasa
nada. Aquí están, en el recibidor. Nada, ya está, pensé que había perdido las
llaves. –La sensación de encontrarse completamente descolocado volvió a
sacudirle por completo. –Por cierto, hay que comprar más bolsas para las
deposiciones de Thor, he gastado hoy la última.
-Vale, ya lo apunto. ¿Seguro que te
encuentras bien? –Mostrando signos de preocupación. El intento fallido por
desviar el punto de atención nunca sirven cuando se encuentra ante una Carlota
con el ceño fruncido que se retuerce las manos.
-Sí, sí. Creo que me hace falta un café,
hoy anduve demasiado, y me estoy empezando a haber mayor con los años ¿Verdad,
pequeño? –Frota la enorme cabeza del bulldog, que babea sobre sus zapatos de
piel vuelta. –Oh, creo que alguien tiene fugas… -Bromea con tono ameno, pero la
expresión de Carlota no cambia. Se da la vuelta y va a la cocina, desde donde
llama al perro para que acuda a comer.
El cumpleaños llega, y Miguel no vuelve
a pasar por ningún otro episodio de “desconexión”, como él mismo había empezado
a denominar. No fue hasta pasados unos meses, a través de pequeños detalles del
día a día, con los que se dio cuenta de que esas “desconexiones” se empezaban a
repetir con mayor frecuencia de la que empezaron; fue entonces cuando decidió
comentárselo a su mujer, quien, alertada por los antecedentes de éste, creyó
oportuno hacérselo saber a su médico de cabecera. Tras ser remitidos al
neurólogo, se confirmaron sus sospechas, un temor al que esperaban nunca tener
que hacer frente.
-Todos los estudios e investigaciones…
¿no hay nada que pueda evitarlo? –Los ojos de la mujer que estaba sentada
frente al doctor Rolmedo desencajaban el ánimo. Eran la vida súplica de una
ayuda que no sabía cómo proporcionar. Sus manos agarraban fuertemente las de su
marido, quien luchaba por mantenerse firme, presente como apoyo para Carlota.
-Hoy en día hay tratamientos para
ralentizar el progreso de la enfermedad, pero de momento no podemos hacer nada más
que eso. Lo siento mucho.
La enfermedad parecía robarle la
identidad a Miguel mucho más rápido de lo que él mismo pudo darse cuenta. Había
pasado ya un año y medio desde que fue diagnosticad, y Carlota veía cada vez
más cercano el momento en el que mantener una conversación con su marido se
tornaría imposible.
Una mañana, mientras se preparaba el
desayuno con Thor intentando llevarse una de sus zapatillas, las cuales estaban
despeluchadas por los juegos en los que habían sido partícipes con el can, le
pareció oír que Miguel se había levantado mucho antes de lo que había tomado
por costumbre durante el último año. Cuando salió de la cocina, se percató del
hilo de luz que asomaba bajo la puerta de la sala de estar. Al abrirla,
encontró a su marido sentado en la mesa, con una pluma y un folio escrito; un
párrafo no estaba completo.
-Si necesitas ayuda… te escribiré lo que
quieras. -Le dijo con voz muy suave. Miguel continuaba con los codos hincados
sobre la mesa. Levantó la vista del papel, sus ojos estaban vidriosos,
suplicaba su ayuda. Carlota comenzó leyendo lo que ya estaba escrito:
“Mi historia empieza cuando, no a mucha edad,
conocí a una mujer joven a la que sobrepasaba en pocos años. Ella ahondó en mi
corazón a medida que avanzaba el tiempo, y así, poco a poco, fuimos
consolidando un vínculo que se firmó inquebrantable uno de los días más felices
que hemos vivido juntos, y permanecemos inseparables como marido y mujer desde
entonces.
A raíz de ese momento me he despertado cada mañana abriendo los ojos y
demostrándome que era real, que la tenía a mi lado para las grandes y
pequeñas cosas, haciéndome un hombre muy
afortunado porque me quería, y porque me quiere, y me enorgullezco por sentirlo
de forma tan incondicional, sin encontrar palabras que lo puedan describir
después de tanto tiempo.
Como fruto de una vida juntos, vino al mundo nuestro único hijo, en el
que, cada vez que miro a los ojos, encuentro la primera mirada que me
dedicaron: el motor impulsor para llegar hasta donde estoy, sin descanso a pesar
de todo, y sin soltarme del lazo que nos une. Aún mantengo mi palabra de estar
siempre con él para lo que necesite, aunque a veces no me sepa agarrar a ello
cuando no soy yo quien decide las cosas; cuando el destino actúa por mí
haciéndole daño.
Seguramente te preguntes por qué estás leyendo esto hoy, y lo que me
lleva a haberlo escrito es el hecho de que sobrepasé el medio siglo hace
bastantes primaveras, ya no soy ningún “chaval”, ni tengo ganas de descubrir
mundo, o conocer nuevas experiencias. Sé más que suficiente para creerme
conforme.
Mi formación como persona alcanzó su fin, y seguramente mi evolución
como tal no llegue mucho más lejos, pues mi tiempo se acaba: aún se mide con
arena fina, y pronto puede que haya que darle la vuelta al reloj para iniciar
un nuevo ciclo, y que mi lugar lo ocupe otro. No obstante, creo que no hice las
cosas mal, y que construí los pilares de mi vida de forma que me siento no
menos que orgulloso de lo que me encuentro al mirar atrás. Aunque, poco a poco,
la acción erosiva de los años haya borrado algunas sendas del camino recorrido
con esfuerzo.
Dicen que una persona es feliz cuando al echar la vista atrás en su
vida no se arrepiente de lo que ve, así que puedo considerar que he obrado
debidamente al apoyarme siempre en mis principios, mirando por mi familia,
contando con ella en los momentos difíciles. Y partiendo de esto último surge
la base de las palabras que ahora se leen, dedicando cada coma a ella, como una
de mis últimas muestras de agradecimiento que les podré dedicar siendo
plenamente consciente de ello, porque no me perdonaría “irme” sin agradecerles
todo lo que han supuesto para mí por el mero hecho de existir.
El paso del tiempo es mucho más rápido cuando sus consecuencias se
hacen notar de forma negativa, que cuando lo hacen optimistas, y de eso me
estoy dando cuenta ahora más que nunca, ahora que se limita mi capacidad de
pensar con soltura, la de ser quien era antes… No tendré la oportunidad de
retroceder en esto, ni se me concederá otro turno cuando me equivoque al
realizar una tarea simple, aunque ni siquiera me levantaré del sillón para
realizarla: no sabré cómo. Mi cerebro se apaga lentamente, deshaciendo en poco
tiempo lo que me llevó toda una vida de aprendizaje, y no sé cómo pedir
disculpas por cada vez que reniegue a alguien. Tampoco agradeceré ni disfrutaré
los besos que mi mujer o mi hijo me den.
Desvelo mis remordimientos con un nudo en la garganta, porque cuando
estas frases comenzaron a ser escritas era yo mismo quien las dejaba sobre un
papel. Ahora, y lleno de impotencia porque apenas puedo dedicar un largo
periodo de tiempo a su correcta concordancia, es la persona que me hizo que
conociese la vida del modo que la conozco hoy quien las escribe, y son estas
mismas sílabas con las que, muy a mi pesar, humedece el folio sobre el que
quedan inmortalizadas cuando las pronuncio.
A pesar de la dificultad que le suma el salitre de sus ojos, se
mantiene fiel a seguir reproduciendo mi voluntad, sentada junto a mí mientras
conjugo forzosamente cada verbo, decidida a no dejarme solo con esta tarea. Y
aunque insista en que cese, se mantiene firme repitiendo que me prometió
ayudarme cuando el sistema cognitivo me impidiese coordinar la mente y la
tinta, hasta el final.
Lo hace del mismo modo que nos prometimos apoyarnos en la salud y en la
enfermedad. Ella mantiene una promesa que yo he roto porque, aunque no esté en
mi mano el comportamiento que a veces adopto a causa de esta enfermedad, son
mis ojos a los que ella mira cuando la hablo, y cuando llora son los mismos que
la observan, y que causaron su mal, pero ya no me levanto y la abrazo aunque lo
necesite, y por ello la he abandonado. Solo yo he roto el pacto.
Digo todo esto en pasado, y recalco el “tenía” porque no hace mucho,
quizá alcance el par de años, empecé a dejar olvidados por los rincones oscuros
de mi memoria cada uno de esos elementos tan fundamentales de una vida: todo
cuanto fui, todo cuanto tuve, todas aquellas personas que quise, por las que
tuvo sentido mi vida cada día, las he perdido aún teniendo cogida su mano y
tocando su cara… Sé, que aunque no sepa quién soy, en mi interior estará la
espina que no me librará del dolor que me genera esa idea, porque del mismo
modo que se olvida el nombre de un actor secundario, lo hice con el de mi mujer
y mi hijo; con la misma facilidad que se evapora la imagen de la persona con la
que te cruzas en la calle, a la que viste solo unos segundos y que no supuso
nada para ti, se desvanece la de ellos. Ocurre aun habiendo sido a ellos, solo
a ellos, a quien he dedicado lo mejor de mí. Y es por ellos que no me
arrepiento de esta vida de la que apenas hoy recuerdo escenas sueltas.
Pero, ¿recuerdas el ritmo de aquella canción de la que no reconocías el
título, pero que sabes cómo es y, aunque no la identifiques, te sientes bien
escuchando? Así me siento: consciente en mi interior, muy hondo, de quiénes
son, de que los quiero. Y estoy seguro de que nunca, por mucho que el tiempo
borre a su paso, los olvidaré jamás; porque podré olvidar cómo nombrar mi vida,
pero no el sentido de su melodía.”
-DT-
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