V.
Acabo de
despertarme y estoy sola en la
habitación. Que yo recuerde, Marga no tenía ninguna prueba; los médicos nos dan
las noticias, tanto buenas como malas, siempre delante de las dos, y recordaría
si Marga tenía hoy alguna prueba diagnóstica o no. ¿Dónde se ha metido?
- ¿Marga?
¿Estás ahí? –He abierto ligeramente la puerta del servicio, pero no he obtenido
respuesta alguna.
Me he dado
un par de vueltas por el pasillo, pero las enfermeras no me han sabido decir
dónde está. Creo que he causado un poco el pánico con mi pregunta, porque ahora
no hacen más que acudir de un lado para el otro, por el pasillo, en su busca,
pero tanto ellas como yo desconocemos dónde puede estar. Y encima, hoy el
desayuno se retrasará: el ascensor de la planta se averió anoche, y no pueden
subir los carros con las bandejas; todas a pie, una a una… ¿desnutrición?
¡Olalá!
Creo que me
voy a meter en la cama hasta que una de las manos heladas del personal del
comedor me despierten, causándome una hipotermia local en un brazo, … o en la
pantorrilla; depende de dónde decidan zarandearme. Si me escuchase Concha, la
jefa de enfermería, me diría con voz de madre (cariñosa, pero replicando) que
siempre estoy igual, y que más vale que me centrase en el tratamiento; y yo la
contestaría que prefiero fijarme en los pequeños detalles… aquellos que hacen
que la estancia en la habitación de los horrores sea inolvidable, y agria. Aquí
es cuando se reiría con una carcajada seca, como hace siempre, se daría media
vuelta y me quedaría mirando la puerta entrecerrada, como la deja siempre, como
una tonta durante unos segundos, hasta que me diese cuenta de que mantenía la
sonrisa de niña boba que se me quedaba cada vez que oía su risa, y me
desplomase en la cama, dejándome caer con la cabeza justo en la almohada, con
los ojos cerrados y suspirando desazón.
VI.
Me he
dormido. Desconozco quién ha cerrado los portones de láminas de las ventanas,
pero la habitación está en penumbra.
No sé qué
hora es, pero he encontrado a Marga; está en mi cama, tumbada junto a mí,
dormida. Sus mejillas están marcadas por los surcos de las lágrimas.
-DT-
-DT-
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